Home

Me gusta perderme en mis propios mundos de fantasía. Me gusta pensar que todavía no se puede justificar todo. Me gusta pensar que todavía la imaginación sigue siendo una vía de escape. Me gustaría pensar que es así. Aunque sé, que en el fondo, mi mundo de fantasía no es más que una ilusión. Me gusta contemplar el mar, el movimiento de las olas, sus formas, su sonido, las curiosas formas que hacen en las piedras. Observo al ser humano montar las olas, dominar la naturaleza por un breve periodo de tiempo, y me fascina. Me pierdo en mi propio mar de ideas. Navego, hasta llegar a mi propia Isla, la única cosa de mi imaginación que nadie puede cambiar. Y me paso horas muertas allí. Pensando en ese movimiento de las olas. Un movimiento hipnótico, seductor y fuerte. Siempre me ha recordado al movimiento que se crea cuando sacudes una sábana recién lavada. Y de pequeño, me gustaba pensar, que al otro lado de la orilla un señor se dedicaba a sacudir el mar para que yo pudiese disfrutar de las olas. Un poco estúpido, pero me hacía pensar que alguien, al otro lado del mundo, se preocupaba por mi.

Siempre intentaba buscar soluciones a mis grandes dudas, y siempre encontraba una solución completamente racional y lógica para un niño. Cada vez que el sol abandonaba su puesto dejando a la luna tomar el control durante las siguientes 8-9 horas, me sentía pequeño. Diminuto, debajo aquel precioso manto de estrellas que guardaban mi deseos más profundos. Todas esas estrellas observándome, analizando cada uno de mis movimientos. Me perdía en mi propio universo. Y me pasaba horas muertas flotando en el espacio hasta que finalmente encontraba mi planeta. Me solía sentar en las colinas de mi planeta y observaba mi idea de la tierra. Pensaba que las estrellas eran las señales de los demás niños de la galaxia, y más de una vez contestaba a sus llamadas con linterna en mano, esperando a su respuesta. Los días de pocas estrellas me limitaba a pensar que sus padres los habían castigado y que por eso no podían comunicarse conmigo, con su linterna.

Podría seguir contándoos todas las justificaciones que mi pequeña mente daba a los extraños fenómenos de la naturaleza. Pero no quiero contaros que de pequeño creía que la hierba crecía porque en realidad la superficie que pisábamos era la cabeza de un gigante. Tampoco quiero contaros que pensaba que todo el desierto era arena porque como no había niños, el señor del manto no tenía a nadie a quién hacer feliz allí. Quizás debería parar de contaros ya todo esto. Parar de decir que los tornados eran en realidad los estornudos de un señor muy muy alto. Que la lluvia eran las lágrimas de las nubes, que estaban tristes porque no podían dejar pasar al sol, y se sentían mal. Que la nieve era la forma que tenía Papá Noel de avisarnos de que estaba a punto de venir.

A día de hoy afronto una de las decisiones más difíciles. Abandonar mis islas y mi mundo, o fingir que siguen estando allí.

10933380913_ba8bcd5045_z

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s